Debo aprender a verme a diario con la lupa con la que veo a los que amo:
Verme con cariño, porque soy cariño.
Verme con admiración, porque soy increíble.
Verme con respeto, porque soy educada y respetuosa.
Y digo “con lupa” porque soy detallista y atenta.
Verme con emoción, porque soy alegre y divertida.
Porque vivo el día a día con la esperanza de que siempre se puede mejorar,
con fe de que el universo conspira a mi favor,
y que, aunque hayan miedos o dudas, siempre he podido lograrlo;
y puedo, siempre puedo.
Debo dejar de comparar mis sueños con los logros que ya he alcanzado.
Y debo ver más seguido esos logros, y verlos en grande,
porque modestamente, muchos desearían haber podido lograrlos.
Debo ver mi belleza, tan inmensa: la externa, que a veces me cuesta reconocer y vagamente se puede confundir con vanidad
y la interna, porque conozco el infinito universo de hermosura, bondad, creatividad y resiliencia que llevo dentro.
Debo aprender a reconocer mi sensualidad y mi poder,
que mi presencia intimida solo a aquellos que no saben respetar, ni amar;
por eso la disfrazan de enojo, pero sé que mis intenciones son siempre puras y que mi límite es el respeto.
Dejo de sentirme difícil, y empiezo a sentirme más selectiva.
Debo reconocer mi generosidad, mi capacidad de abrigar, de enseñar y acoger,
así como de alejarme del mal sin querer lastimar, ni vengarme.
Debo ver lo mucho que me protegen actualmente mis padres y amigos,
como para aceptar lo mínimo y las dudas de los demás sobre mi permanencia en sus vidas.
Debo dejar de admirar el amor de otros, y ver más seguido el gran amor que soy y doy.
Dejar de ver cuánto sobrepienso y empezar a valorar mi mente.
Dejar de ver cuánto duele una articulación y valorar que aún me muevo.
Ver más seguido que mi cuerpo, mi mente y mi corazón me han sacado de lugares oscuros
y me han llevado a lugares hermosos dentro de los corazones de otras personas.
Y no es que no lo supiera antes,
pero ante el miedo al sesgo del ego y la ira, temes ser vanidoso.
Y ahora, ahora que mis enojos ya no se sienten como explosiones, sino como un freno,
cuando comienzas a verlos como la oportunidad de detener la injusticia y no como un estallido,
ese velo desaparece y estás solo tú, con todos tus defectos, que ya no son tan malos,
y todas tus virtudes, que has dejado dar por sentadas, que has pasado por alto solo porque otros no las valoran lo suficiente o no las ven como idealizabas;
porque ya no necesitas los ojos de otros, los lentes de otros
Sólo estás tú preguntándote frente al espejo: ¿Cómo es que no te veía tan seguido mi amor?