En el camino de formación de los médicos y en especial del cirujano, hay una curva de conocimiento y práctica que sólo se pule conforme a la complejidad de los casos que se le presentan
Nos causa asombro y emoción mientras más desafiantes sean, porque vencer la frustración y el miedo te da confianza en ti mismo.
Le da confianza a los pacientes y compañeros la trayectoria que vas labrando según tus logros y desaciertos.
Se habla mucho de la alegría de ver a tus pacientes sanar, volver a sonreír, reconstruir sus vidas, lazos familiares. En ocasiones representa darse una nueva oportunidad de vida.
Pero poco se habla de los casos que no lo logran, de los que te enseñan a hacerlo mejor o de los que aunque hagas todo lo posible no basta
Y menos de esos que pese a tus esfuerzos sabes que les depara un pronóstico sombrío
Del paciente joven en el que se personifica la muerte, del niño que se ahogó y sólo queda un vegetal, del paciente psiquiátrico que en cada psicosis se deteriora, tu viejito con demencia, el paciente abusado.
El sentimiento de vacuidad en tus acciones, esfuerzos e ilusiones por ser mejor para sanar mejor, del instinto frustrado del ser humano de proteger.
Será por eso que creen que el médico es un ser que no siente ni come, sólo piensa, un ser frío casi inerte.
Aún así, este ser se pregunta cómo le dices a tu paciente de 30 y tantos, profesional de salud como tú, que aunque sacamos su estómago y más, que aunque se recupere bien de esta cirugía y el estrés al que se sometió; su cáncer está más avanzado y que no tiene cura. Cómo le dices a su pareja que tal vez en un año él ya no esté, como le dices a sus sueños que se quedarán en el quizás, cómo a su familia que no lo podrán abrazar, cómo le dices que su llama cada día se apaga más.
Cómo con todo eso por dentro ves a sus ojos y amablemente sonries, saludas y preguntas: Cómo te sientes hoy, mejor?